Coincidencia o no, en estos días dos estudios desarrollados por entidades diferentes muestran la realidad del empleo juvenil chileno desde distintos ángulos, dejando en evidencia una de los tantas patologías de nuestro sistema educacional y económico. Futuro Laboral presentó una investigación sobre el ingreso promedio y las tasas de empleabilidad de los titulados de los planteles de educación superior, los números son elocuentes: el 95% de los titulados de un tercio de las carreras universitarias ya cuentan con un empleo a los dos años. Si analizamos el privilegiado y merecido caso de nuestro Departamento de Ingeniería Industrial, se dice que por cada egresado se reciben cuatro ofertas de trabajo. Este segmento es el reflejo de un país que crece y prospera.
Por otro lado, la OIT Chile presentó su estudio "Trabajo Decente y Juventud", aquí los números también son elocuentes: durante el 2006 la tasa de desempleo juvenil fue de un 19,1%, triplicando la cifra promedio nacional de 7,9%. La situación no ha mejorado nada en los últimos 10 años. En este caso los protagonistas son los jóvenes con menor escolaridad y proveniente de las familias más pobres.
Muchas veces, y casi sin objeciones, se habla de la educación como la principal vía de superación de la pobreza y bienestar de los pueblos. Pero es legítimo cuestionarse que mientras más valor social le damos a la educación, mientra más mejora el sistema educacional en cobertura, y algunas instituciones alcanzas niveles de clase mundial, más marginación para aquellos que no la poseen, para aquellos que no acceden y que ni siquiera ilusionan con tenerla. Nuevamente, el sistema mientras más evoluciona y se enriquece, genera igual de sofisticadas barreras de acceso.
Un ejemplo vivo del límite entre las realidades mostradas por estos estudios, es la de mi amigo Jhonatan, proveniente de un hogar de escasos recursos él entró a estudiar una carrera vespertina en un instituto técnico, con la esperanza de un mejor provenir para él y su familia. Jhonatan trabaja de día, para pagar su carrera y sostener su hogar (el saldo es mínimo), y estudia de noche, la primera barrera que encontró fue la de encontrar un aval que fuese co-deudor del arancel, Jhonatan tuvo que recurrir a personas lejanas de su familia y amistades para matricularse. Jhonatan ha sido un extraordinario alumno, excelentes notas y distinciones, probablemente deba congelar sus estudios por la estreches económica de su hogar. Esperemos que su historia termine en la de aquellos números que nos enorgullecen.
Bien nos viene la frase: "desde mi triste soledad veré caer las rosas muertas de mi juventud" del hermoso tango Nostalgias del genial Enrique Cadícamo. Esperemos que la soledad de muchos jóvenes chilenos sea alguna vez parte de un superado pasado.
La foto se tomo prestada de aquí